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Un día perfecto

 

Antes de entregarme a la frenética actividad del último cuatrimestre del año me regalo un día especial, diferente, en una enriquecedora soledad. Este deseo de encontrarme conmigo misma y no prestar atención más que a mis propios deseos nace de mi condición de mujer afortunada, que habitualmente tiene compañía, una compañía muy deseada.

Me levanté con el propósito de realizar un pequeño acto íntimo, necesario. Después continué con unas compras algo insólitas, para recorrer más tarde la ciudad como lo haría un turista, recreándome en su belleza y en el extraño vacío de los sábados por la mañana. Tomé un sandwich a la hora que lo tomaría un británico e inicié la lectura de una novela desde una cafetería que da a la Plaza Mayor. Ahora, ya en casa, escucho Papito, de mi adorado Miguel Bosé, e intento recopilar las sensaciones que esta mañana luminosa batida por el viento me ha provocado. Y soy feliz por estar de nuevo en la casilla de salida.

Ir de compras

 

No sé qué extraño atavismo nos empuja a algunos a recorrer tiendas. Supongo que es algo digno de estudio por los psicólogos. No me refiero a las compras compulsivas. En mi caso, en la mayor parte de las ocasiones no compro nada. Recorrer mis tiendas favoritas es el único deporte que practico con regularidad y les prometo que llego exhausta a casa ¡Y sin gastar ni un euro!

Tal vez esta adicción a ir de compras sea una reminiscencia de la época en que éramos recolectores y buscábamos bayas, semillas, raíces para alimentar a la familia. No podemos evitarlo, nuestro instinto, controlado por los egoístas genes, nos induce a la recolección. Quizás nos movemos por los grandes almacenes y franquicias como nuestros antepasados recorrían el campo en busca de fruta madura o un tubérculo rollizo. En su lugar, nosotros buscamos gangas, prendas de fondo de armario, bolsos imposibles de combinar con dicho fondo y zapatos que no hay quien se ponga, pero terriblemente maravillosos. Si no encontramos nada dignos de llevarnos a casa nos volvemos con las manos vacías, la tarjeta intacta, y nos consolamos e ilusionamos ante la perspectiva de una nueva sesión de compras, que esta vez sí que será fructífera.

Deseos materializados

 Reflexiones vacacionales

Hacía tiempo que quería sentarme a escribir en mi terraza. No lo había hecho aún porque tenía una mesa de exterior un tanto inestable, y ahora que dispongo de una ideal, he necesitado esperar a que el tiempo me lo permitiera. Esta tarde la temperatura es perfecta. La sombra ya se ha adueñado de este rincón de la terraza. Las tumbonas se inclinan hacia la puesta de sol y hacía allí migraré cuando las luces se vayan enrareciendo y el aire se vuelva más húmedo. Sin embargo, no todo es perfecto. Resulta que la luminosidad es excesiva y no puedo ver con claridad la pantalla del ordenador, como si un ligero velo ocultara parcialmente los iconos. Así que escribo a tientas, pero feliz. Y casi me siento como uno de esos escritores que componen sus novelas en su residencia de verano. Sólo faltaría que un mayordomo me trajese el té -me conformaría con que fuese mi pareja-. De momento me como un yogur con moras que hemos cogido en el campo. Este año la cosecha es muy abundante. Los frutos son gruesos y jugosos, dulcísimos y refrescantes. Los vigilan una cohorte de arañas tigre, que tienden sus telas entre las ramas de las zarzas. Entre ellas crecen también ortigas, lo que convierte a la aparentemente fácil tarea de la recolección en una actividad de riesgo. Eso sin tener en cuenta las espinas.

Como siempre que cae la tarde, los perros ladran. La semana pasada un pavo emitía unos sonidos bastantes desagradables. Creo que ya no llegará a Navidad. Las ranas terminaron su frenética actividad sexual y se han marchado de la charca. No crean que vivo en plena naturaleza. Por el contrario, me rodean las construcciones abandonadas por la crisis y la avaricia desmedida. En uno de los socavones se acumuló el agua, y los batracios acudieron a materializar sus amores en esa laguna improvisada. Nos han dado la serenata varias noches. No sé si ha terminado la época de celo o es que algún vecino insomne se las ha cargado. Espero que haya sido lo primero.

También he tenido okupas. Unos murciélagos anidaron en una grieta del tejado. Tal vez sea mi afición a Bran Stoker. Resultaba encantador escuchar sus ruidillos mientras preparaba la cena, supongo que se iban desperezando para salir a buscar su sustento. Como la grieta entre la viga de madera y la cubierta es muy estrecha, debían estar muy apretaditos. Tal vez se empujaban unos a otros luchando por salir antes y respirar aire puro. Ha sido una pena, me han abandonado. Me encantaba salir a la terraza a las diez de la noche y observar como salían -no fallan, son mejor que un reloj suizo- en parejas o tríos. Contamos hasta treinta y seis. Eran diminutos. Me hacían mucha compañía mientras cocinaba. Me queda la esperanza de que vuelvan para pasar el invierno al calor de mi cocina.

Citas sobre el sentido del humor en la literatura

 

 

De el suplemento El Cultural, de El Mundo, extraigo algunas frases que aparecen en la expléndida entrevista que realizó Nuria Azancot a cuatro novelistas cuya obra esta impregnada por el humor. Reproduzco algunas de ellas. Comienza con una cita de Churchill:

 

“La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser mientras el humor los consuela de lo que son.”

 

Y continúa con:

 

“El humor empieza siendo una tabla de salvación que nos pone la vida y luego es algo que necesitamos descubrir siempre en el arte”  Román Piña

 

“El humor es la guerrra de guerrillas, la única forma de enfrentarse a la solemnidad pomposa y fatua que nos atosiga” Rafael Reig

 

“... en América latina el humor en nuestra literatura es omnipresente y representa una forma de mirar el mundo. Y me parece inverosímil que en España se reniegue tanto del humor, a pesar del humor que perfuma el Quijote”  Fernando Iwasaki

 

Estoy de acuerdo con Iwasaki. Parece que tienes que pedir perdón por escribir una novela o relatos con humor. Como si fuesen de segunda categoría, como si hacer reir o sonreir a las personas fuese algo innoble. Para Rafael Reig la culpa de este estigma que lleva clavada la literatura con humor es del catolicismo. Si uno no sufre leyendo la lectura supone una pérdida de tiempo. Leer no consiste en disfrutar de la lectura sino en machacarse las neuronas para ser mejores. Me vienen a la memoria aquellos que manifiestan que no se es nadie si no se ha leído el Ulises de James Joyce en versión original. No se conforman con que te lo leas en castellano. Añaden que si no lo haces en inglés es como si no lo hubieses hecho nunca. Supongo que lo dicen para ahuyentar a los posibles lectores y que ellos solos sean los sumos sacerdotes de Joyce. Yo estoy de acuerdo en que la literatura es mucho mejor en versión original, sobre todo la poesía. Pero los mortales que no dominamos lenguas al nivel requerido también tenemos derecho a enfrentarnos a esas obras sublimes -que por otra parte, algunas de ellas suelen ser un auténtico peñazo-.

Añade Iwasaki que hay dos Españas irreconciliables -vaya novedad-, y que sólo puedes escribir para una de ellas. De eso ya no estoy tan segura. Sólo sé que hay personas que carecen de sentido del humor, y eso es algo muy triste, porque se pierden lo mejor de la vida, reirse de uno mismo, de las circunstancias, pero sanamente. Ese tipo de personas no me gustan -hay que añadirlas a los vampiros psíquicos y las personas metralleta-. Terminan dándome mal rollo y son muy aburridas.

Rafael Reig dice que el humor apela a la inteligencia de el lector, y que la buena literatura debe conjugar humor y compasión.

También estoy de acuerdo con Reig. Estoy intentado escribir una novela y se me atasca. Uno de los motivos es la falta de sentido de humor en la narración. He intentado parir una obra seria y me aburre a mí misma. Y eso es lo peor que le puede pasar a un escritor.

La ciudad del gran rey

 

Retorno al blog con este comentario sobre la novela de Óscar Esquivias. Deliberadamente he retrasado su lectura, las segundas partes me generan una doble sensación de temor y deseo, temor por llevarme una decepción, y deseo por seguir la pista a los personajes estrambóticos que nos regaló en Inquietud en el paraíso. Me ocurrió lo mismo con Un mundo sin fin, la segunda parte de Los pilares de la tierra. Puedo decir, alegremente, que no me han defraudado ninguna de las dos. Pero la de Esquivias me ha sorprendido mucho más. Vuelve a derrochar humor, con una elevada dosis de surrealismo que hace que me quite el sombrero. No sólo resulta amena, sino hilarante en muchas ocasiones. No quiero avanzar más a aquellos que no hayan leído todavía esta novela. Sólo quiero decir que he disfrutado muchísimo con su lectura. Sospecho que Esquivias también se lo haya pasado en grande escribiéndola. Mil garapatias por “parir” esta historia. No me perderé la tercera parte.

No quiero dejar de comentar otro regalo que nos hace el autor. Entre el texto normal de diálogos y descripciones se han colado, como por arte de magia, unos pequeños textos que de por sí ya son una maravilla. Al principio sorprende su presencia, e incluso incomoda, pues no se quiere perder el hilo de la historia. Más adelante, los microrrelatos son en sí un delicioso oasis de sabiduría y ternura, que recuerda a las greguerías o a los cronopios y las famas. Desconozco la intención del autor a la hora de incluir estos textos, a mí me han encantado.

 

Gracias

Antes de nada, mil gracias por seguir entrando en el blog durante el mes de agosto. Supongo que algunos o muchos llegaríais a esta bitácora por casualidad, en una búsqueda en el google. Espero que alguien haya encontrado algo de interés.

Por mi parte, vengo cargada de nuevos textos, que he ido cocinando al amor de la lluvia y del sol. He sido muy afortunada. Otros no lo han sido tanto.

Desde aquí, envío un cariñoso abrazo a todos los familiares y amigos de Begoña García Hoyuelo. Quisiera dedicarle unas palabras, pero no cualquier palabra. Begoña era una mujer muy especial: discreta, inteligente, elegante y entrañable. Se merece todo lo mejor que alguien pueda darle. La noticia fue un mazazo tremendo que no me ha permitido escribirle como yo quisiera. También le doy las gracias por tener siempre dispuesta una palabra amable, un comentario adecuado, un aliento. Aunque sea un tópico no es menos cierto que vive en el alma de los que la conocimos. Siempre estará allí para nosotros.

Feliz y fructífero verano

Os deseo todo lo mejor para este verano, que tengáis lecturas maravillosas, y a los escritores de Caleidoscopio que descansen del trabajo invernal. Por mi parte, prometo escribir, para mí será un placer reencontrarme con la novela abandonada. Y si queréis compartir vuestras lecturas con nosotros podéis dejarlas en comentar o comentarios.

Todo bien

Rasgos de madurez y romper por sms

 

Decía recientemente la actriz Carmen Conesa en una entrevista que su filosofía de vida consistía en no pedir nada y dar todo lo que pudiera. Si eso es cierto, se trata de un rara avis, pues muchos nos quejamos por todo y dar, la verdad, casi ni la hora. Eso de rogar es muy propio de la doctrina cristiana. Uno pide a Dios una serie de cosas y el resultado siempre será el correcto: si se atiende la petición nos alegramos y si no es que el Creador, en su sabiduria, ha decidido lo mejor para nosotros. Llegar al punto en el que no se pide me parece un acto de enorme madurez. A lo que yo añadiría: No pido nada, pero lucho por lo que deseo. Sigo queriendo cosas pero no espero a que alguien me las conceda, me muevo para conseguirlas. El colmo de la madurez será cuando no se desee nada. Tal vez es que estás muerto o has alcanzado el máximo grado del budismo.

Por el contrario, un acto de inmadurez que parece estar poniéndose de moda es romper mediante un sms. Ya lo están haciendo los famosos nacionales y extranjeros, supongo que también todo hijo de vecino. Romper es difícil. A nadie le gusta quedar como un HP, pero no les importa quedar como cobardes. Un sms es rápido, económico, y no implica escuchar la voz del abandonado preguntando: ¿Por qué? ¿Hay otro/a? Etc. Ya no se lleva eso de hablar en persona y mucho menos por teléfono. Lo mejor es el mensaje y después, no leer los que el ex te envía, no coger sus llamadas. Cambiar de móvil si es preciso. Me imagino que también la gente corta su relación mediante un correo electrónico, la misma canallada que el sms, con la ventaja de que se pueden marcar los mensajes del ex como espam y ya no volverán por la bandeja de entrada a incordiar la conciencia. Lo que resulta aterrador es la ruptura en una red social. No sólo te dejan sino que se entera todo el mundo a la vez que tú, y te quedas más desnuda que Demi Moore cuando su maridito cuelga las fotos privadas en una de esas redes. La tecnología está muy bien, pero a veces resulta una auténtica cabronada.

 

Personas “metralleta”

 

En alguna ocasión les habré hablado de los vampiros psíquicos, ese tipo de personas que nos chupan todo el buen rollo y nos inoculan toda su negatividad y pesimismo. También les diría que huyo de ellos como de la peste.

Hay otro tipo de personas, por fortuna menos frecuente, que en cuanto te interceptan te someten a una bateria ininterrumpida de preguntas de las que no escuchan las respuestas. Los metralleta tienen la habilidad de cambiar de tema con una gran rapidez, sin esfuerzo aparente. Es como si llevaran la encuesta preparada desde su casa. Al principio contestas, por la educación que a ellos les falta, pero al final pierdes los modales y replicas con preguntas, como si fueras gallega, sin ningún tipo de piedad. Ellos no la tienen por ti.

Hace poco me encontré con una de estas personas. Ella me recordaba bien, yo nada, por lo que me disculpé. Y ahora no sé si fue cosa de mi mala memoria para los nombres o que mi mente quiso olvidar semejante encuentro.

Si se topan con uno de estas metralletas inhumanas no tengan remilgos, pregúnteles sin parar antes de que contraataquen y contésteles mal, que les va la marcha o ni se detienen a pensar en lo que les respondes.

Existe un tercer tipo de persona, al que no se cómo calificar. Tal vez preguntones egoístas. Son los que siempre inician la conversación con la misma pregunta. Pregunta que no es:¿cómo estás? Sino ¿dónde ó cuándo te vas de vacaciones? He descubierto que se trata de una fórmula de cortesía para comenzar a hablar, como el que habla del tiempo en el ascensor. En realidad les importa una puta mierda el tema de tus vacaciones. No retienen tu respuesta. Si los ves al día siguiente te lo volverán a preguntar. Ahora me da un poco igual, pero hace años, cuando me quedaba sin vacaciones por razones varias y todas ellas desagradables, me encontraba con este tipo de especímenes cuyo cerebro era como el agua, no se grababa en él ninguna de mis contestaciones. Y eso que yo lo estaba pasando fatal. No les daba ninguna pena, volvían a torturarme con la misma pregunta. Cuando ya, hasta las narices, les decía que ya me lo habían preguntado y ya les había contestado entonces hacían un mohín: “Lo siento, perdona” y encima me iba con cargo de conciencia a casa por haber sido tan borde. Yo sólo puedo decir, en mi descargo, que cuando pregunto algo es porque realmente me intereso por esa persona y me acuerdo perfectamente de lo que me dicen. Tal vez piensen que soy una maleducada porque nunca empiezo una conversación con ese tipo de preguntas. Y lo peor es que no puedo huir de estas personas, porque abundan más que las anteriores.

Escritores periodistas

 

El otro día una conocida me decía que ahora todos se dedicaban a escribir. Y cuando decía todos, se refería a los presentadores de telediarios. Le respondí que tal vez esos periodistas siempre quisieron ser escritores y que sólo ahora, cuando son reconocidos por su profesión, se pueden permitir el lujo de publicar en una buena editorial. Si lo hubieran intentado antes sus probabilidades de éxito serían menores o nulas.

Lo que ignora esta señora, del prototipo metralleta, que otro día explicaré, es que el escritor no decide serlo de repente, un buen día, como quien decide hacerse unas tortitas americanas para desayunar en lugar de las socorridas tostadas. El escritor siempre lo es aunque no ejerza. No se trata de una vocación, sino de un rasgo más del carácter de una persona: la necesidad de narrar. Y sólo cuando las condiciones son las adecuadas, ese rasgo se hace más patente llegando incluso a eclipsar a los demás. Todo esto es válido para aquellos que decidimos en su día buscarnos una profesión con la que asegurarnos el sustento y los caprichos, pero no para los valientes que apostaron únicamente por la literatura. Yo no tuve ese coraje. Probablemente porque se me daba fatal estudiar letras, especialmente lengua castellana, sobre todo la gramática. Por ello me dediqué a mi otra gran pasión, la ciencia.

El otro día leía una carta de una señora en un semanario en la que manifestaba su sorpresa ante un Ramón y Cajal fotógrafo. No le cuadraba la imagen de científico serio con la de artista. Yo le diría que investigase un poco más en la biografía de Cajal y también encontraría que era escritor. ¿Cuál es la explicación? Como dice mi amigo JuanLuis, de la tertulia Caleidoscopio, hay dos tipos de personas: las que se interesan por todo y las que se limitan a su trabajo y a su casa. Las primeras son, como JuanLuis, también personas de ciencia, que hacen música, pintan, escriben, y adoran ir a exposiciones, conciertos, bibliotecas, y en general a todos aquellos lugares en los que se respire cultura. Supongo que aquellos a los que les maraville que Mari Pau Domínguez o David Cantero sean escritores además de periodistas televisivos habría que considerarlos dentro del segundo tipo de personas. Personas que sólo conciben la condición humana como espacios estancos, del que no se puede salir. A mi esos cubiles me resultan cárceles y de ellas es preciso escapar para fomentar nuestra creatividad.

Lecturalia

 

Lecturalia

Es esta web www.lecturalia.com un hallazgo interesante.Buscaba información sobre Noteboom y allí la encontré concisa, clara. En el blog también aparecen comentarios muy interesantes. Por ejemplo, qué hacer con los libros que ya no queremos -aunque yo sugeriría donarlos-, el kit de supervivencia para la gripe A.Una especie de cajita en la guardar todos aquellos objetos que nos permitan soportar la cuarentena (libros, discos, películas, juegos de orrdenador). Yo metería La montaña mágica, por aquello de la solidaridad con el joven "retenido" en esas montañas supuestamente curativas. Además, sería la única manera de que me la leyese. Por muy buena novela que sea no puedo con ella.

Así que vayan preparando sus cajitas con cultura de emergencia por si acaso.

Y os animo a navegar por esta página, merece la pena.

La soledad de los números primos

 

Quién diría que hay números solitarios en la eterna sucesión de números naturales. Y quién podría imaginar que hay números primos cercanos, tan cercanos que pueden entender su singularidad pero sin llegar a tocarse jamás. Ya se encarga de ello un número par, de los divisibles de toda la vida. A estos números primos tan particulares se les denomina gemelos, por aquello de su proximidad. Lo serían, por ejemplo, el 11 y el 13, separados por el vulgar 12. Con esta metáfora de las realidades humanas nos presenta Paolo Giordano su primera novela. Y nada más comenzar su lectura me recuerda a Nieve y silencio. De nuevo, como ante la novela de David Lorenzo Magariño -opera prima y, por desgracia, última-, vuelvo a preguntarme cómo esposible que una persona tan joven tenga la capacidad de penetrar en el alma humana. No en cualquier alma -número divisible-, sino en dos muy singulares -números primos gemelos-. Sin juzgar. Narrando para que el lector comprenda, y a través de esa reflexión se enfrente a otros seres tan especiales como ellos. No es una historia alegre. Como la de Esme Lennox, que comenté hace unos días, resulta inquietante y conmovedora. Y tampoco se olvida. Estos personajes, Mattia y Alice, y también Denis -un número primo sin gemelo, más solitario aún-, me acompañarán siempre, y los reconoceré en otros ojos, pues ya me he cruzado con ellos en el pasado sin saber cómo ayudarlos. Lo único que puedo criticar de la novela es la sensación que me queda de que no hay solución posible para ellos. Solo les resta aceptarse como son y que los aceptemos. Tal vez nos empeñamos en apartarlos de su dolorosa soledad, que no solo tortura su mente sino también su cuerpo. Como sólo son visibles esas huellas superficiales, nos empeñamos en borrarlas. El autor justifica la autodestrucción como la única vía de los personajes para continuar con sus vidas y nos los deja en ese camino que nos pone los pelos de punta.

Me niego a claudicar, a que el mensaje sea no hay escapatoria posible. Conozco casos en los que han escapado de ese infierno, ignoro si completamente. Y sé de lo que hablo.

La novela se lee fácilmente. Abundan los diálogos, muy bien montados. El autor sabe como captar nuestra atención. Y a pesar de que es verano y que tal vez las temperaturas nos exijan lecturas más livianas y superficiales, no se olviden de la soledad, que también existe.

El reino del dragón de oro de Isabel Allende

 

Es esta una novela perfecta para el verano, rellena de jugosas aventuras que podrán entretener a adultos sin ganas de complicarse la vida y a jóvenes lectores. A estos últimos es a los que les recomendaría este libro. Los personajes ya aparecen en La ciudad de las bestias.

Según leía la novela me recordaba a otra que leí hace poco: Todo bajo el cielo, de Matilde Asensi. Mientras la primera está ambientada en un remoto reino en las montañas del Himalaya, la segunda se enclava en el corazón de China. En ambas se apela a la sabiduría, al poder de la mente y a conocimientos ya olvidados por la mayoría de los mortales. En las dos novelas una mujer adulta se hace acompañar de adolescentes para emprender una gran aventura. Y también en las dos se busca un gran tesoro, que pertenece a un rey o a un emperador. Compiten por su localización los buenos y los malos, a los que solo les interesa el dinero. Los buenos son de alma pura y aventureros natos, a los que no les mueve la ambición. En los dos libros los protagonistas deben pasar por una serie de salas llenas de trampas milenarias y maléficas para alcanzar el tesoro. Todas las novelas de aventuras tienen elementos en común, por supuesto, pero en este caso me parecen demasiados.

Tras la lectura de la novela de Allende, busqué la de Asensi. Miré el año de la primera edición: Todo bajo el cielo, 2006 y El reino del dragón de oro, 2003.

Juzguen ustedes.

No obstante, y para no ser tan malvada, diré a favor de Asensi que su novela es perfecta para iniciarse en la historia de la antigua China.

 

Tres años

Revisando el blog me he dado cuenta de que ya han pasado tres años desde que comencé a llenar el ciberespacio con mis cosillas. Sé que hay personas que me leen, y eso me reconforta. Pero como a cualquier capitán de barco, esta bitácora también me sirve para registrar este viaje que es la vida, para tener siempre presentes las lecturas que me han emocionado, las frases que me han llamado la atención, y para soltar esas pataletas frente a aquello que no me gusta o me exaspera. También sirve como tablón de anuncios de mi querida tertulia, Caleidoscopio. Llevamos ya unos añitos, desde el 2004, y espero que sigamos muchos más.

Sigue la vida, y los libros nos acompañan, y con ellos nunca sentiremos lo que es la verdadera soledad. Siempre habrá alguien narrandonos una historia desde las páginas. Y si queremos escuchar, transitaremos por el mundo con una maleta mucho más llena. Durante estos días leo la segunda parte de Inquietud en el paraíso de Óscar Esquivias, La ciudad del gran rey. Esquivias es quizás nuestro escritor burgalés más conocido. Sentí una gran alegría cuando vi Inquietud en el paraíso en el FNAC. Hoy desgrano la novela, despacio, para que dure más tiempo, como una granada madura. Y me encuentro con agradables sorpresas, no sólo con una gran imaginación del autor, sino con unos maravillosos fragmentos intercalados en el texto, que por si solos merecerían un libro. Constituyen en sí mismos microrrelatos. Y son redondos, con lo difícil que es crear un buen microrrelato. A las alturas de la novela en que me encuentro desconozco su sentido, pero me parecen encantadores. Os dejo con vuestras propias lecturas y que disfrutéis del merecido descanso del verano. Y que mañana sea un día tranquilo, sólo pido eso.

 

La extraña desaparición de Esme Lennox

 

No sólo resulta terrible desaparecer. Lo peor es que nadie te eche de menos. Esa es la conclusión a la que llego tras la lectura de esta novela de Maggie O´Farrell. La autora pone de manifiesto una realidad escalofriante en la que como casi siempre las mujeres son las víctimas. Supongo que debieron existir muchas Esmes, olvidadas y borradas del mapa genealógico de las familias. Como si nunca hubieran existido, como si su simple recuerdo fuese una mancha vergonzosa.

¿Por qué debe leerse esta novela? Sobre todo por que no se olvide a las mujeres como Esme. Mujeres especiales, que en lugar de ser entendidas, fueron apartadas de todo su mundo de la forma más cruel que podamos imaginar, una manera que sólo habita en nuestras pesadillas. La lectura de esta obra es una forma de justicia y de recuerdo, de reparar aunque sólo sea moralmente el gran daño que experimentaron las mujeres como Esme.

Desde el punto de vista literario, la novela presenta una trama muy bien diseñada. Las voces de distintos personajes van entrando en escena, componiendo un mosaico que al principio parece confuso. Después, la historia se aclara, se torna atractiva, adictiva incluso, pues comienza a dibujarse la imagen aunque no estén colocadas todas las teselas. La lectura no resulta fácil ya que algunos personajes cruzaron la línea de lo que se considera cordura.

Los personajes están perfectamente dibujados. Algunos de ellos, como Alex e Iris bien merecerían otra novela para desarrollar su historia. En su caso, la culpa -qué raro, verdad- es la que no les deja avanzar, y caminan a ciegas, realizando elecciones erróneas, sabiendo en lo más profundo de su ser que se equivocan, sólo por hacer lo correcto, lo que se espera de ellos.

Desde aquí os animo a emprender esta lectura y este viaje, a que no la abandonéis, que le deis una oportunidad al trabajo de la autora. Merece la pena. También os animo a no hacer aquello que se espera de vosotros, sino lo que reamente deseáis y pensáis que es justo. Ese camino resulta doloroso, pues en muchas ocasiones se consigue el rechazo de los seres más queridos, pero es el único posible para no traicionarse a uno mismo. Y es que sólo tenemos una vida, y no podemos perderla vegetando en una farsa con la que no nos identificamos.

Conciertos gratuitos no, gracias

 

Hace tiempo comentaba con una amiga que los conciertos de música clásica no deberían ser gratuitos. Al menos debería cobrarse una cantidad simbólica, para que la gente tuviera que molestarse en adquirirla y rascarse el bolsillo. Un simple euro sería suficiente. Todo esto sin olvidar que son conciertos en parte subvencionados por organismos públicos, es decir, pagados con nuestros impuestos, por lo que no son realmente gratis. Los pagamos todos, los que van y los que no. De este modo se eviaría que pensionistas aburridos y gente mal educada abarrotara los lugares donde se desarrollan los recitales por la simple razón de que no les cuesta nada.

Ustedes pensarán que mi amiga y yo somos unas snobs, empeñadas en negar el acceso a la cultura a las clases menos pudientes. No, no, subrayo lo del euro. Ya ni un café cuesta eso. ¿Por qué mantenemos semejante tesis? Pues que un maravilloso concierto de música clásica puede convertirse en una auténtica tortura si uno va a eso, a disfrutar de la música. Hay gente que cuando escucha o lee la palabra gratis acude como moscas a la miel. Y les da igual que una soprano cante ópera que un pelado toque el cuerno tibetano. Como no entenderán ni una ni al otro, terminarán revolviéndose en la silla, haciendo ruido con el programa o abriendo caramelitos con papel de celofán. Sí, de esos que hacen mucho ruido. Al final terminas por despistarte con tanto movimiento y te pierdes el concierto, te pones de mala leche y piensas que mejor te habías quedado en casa, tumbada en la cama y escuchando un CD.

Sin embargo, desconocía el nuevo tipo de plastas que pueden aparecer por los conciertos gratuitos: los que van provistos de cámara de vídeo para inmortalizar el evento. En realidad les importa una puta mierda de qué va. Tienen la sensibilidad por debajo del núcleo terrestre y una mala educación tremenda. Se pueden pasar el concierto mirando por la pantallita iluminada, moviendo el trípode, levantándose del asiento. Incluso, si te descuidas, te plantan la cámara delante de la cara, con la consiguiente tentación de arrearle un par de... Perdonad, acabo de sufrir semejante experiencia, y de verdad, se te quitan las ganas de ir a ningún sitio. Al final, para intentar concentrarme en la música, cerraba los ojos evitando la visión de la mamarracha de la cámara, aún a riesgo de que el magnífico barítono pensara que me estaba durmiendo. Y todo ello a costa de perderme su actuación, porque como buen cantante de opera, el hombre no sólo cantaba maravillosamente sino que expresaba con su rostro y con sus manos mucho más que el contenido de las palabras. La elementa terrorista de conciertos -empleo este calificativo en honor a JM-, aplaudía como una energúmena, con el consiguiente peligro de dejarme sorda y arrearme un manotazo

Ójala lo que os cuento fuese eso, un cuento. Pero es real.

Citas acerca del lenguaje

Citas acerca del lenguaje

Por cortesía de mi compañero de trabajo, J. Alberto aquí os dejo una serie de citas para reflexionar:

La lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo. Miguel de Unamuno

No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que el de sus propias palabras. Juan Luis vives

Decir lo que sentimos. Sentir lo que decimos. Concordar las palabras con la vida. Séneca.

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Óscar Wilde

El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho. Miguel de Cervantes

El lenguaje que a mí más me gusa es un lenguaje sencillo y espontáneo lo mismo en el papel que en la boca, un lenguaje conciso y apretado. Michel Eyguen de Montaigne

El individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje. Pedro Salinas

La palabra exacta empleada en su lugar exacto es armonia. Walter Sarage landor

La lengua (palabra) es el ropaje del pensamiento. Samuel Johnson.

¿Qué os parece?

Cometas en la costa

 

Hasta hace poco tiempo, en cada ocasión en el que vuelo de una cometa me sorprendía, siempre pensaba en la costa. Recordaba aquellos paseos maravillosos por la costa desde el faro hacia el oeste. Caminábamos entre los brezos y los acantilados fósiles, hasta llegar al lugar en el que merendábamos una tortilla de patatas y los típicos filetes rebozados con pimientos fritos. Después, con la tripa llena y el corazón alegre, sacaba la cometa despiezada y procedía a montarla. Tuve cometa muy tarde. A mis padres no les parecía un juguete apropiado para una chica, y finalmente cedieron a mis súplicas cuando tenía catorce o quince años. En la costa el viento era perfecto, y cuando ya estaba dispuesta comenzaba a correr, daba unos pequeños tirones mientras soltaba el hilo, y corría entre la hierba hasta que la cometa alcanzaba el máximo de libertad que le permitía el sedal. Recuerdo aquellas tardes como unas de las más felices de mi vida. Sólo existía el cielo, el mar y unos prados inmensos por los que correr o tumbarse bajo el sol.

Poco a poco se fueron cargando la costa. Cada vez había más granjas y más construcciones que la afeaban. Y la ruta que antes me parecía maravillosa aparecía sucia y triste. Menos mal que el puente del diablo y el pequeño mausoleo continuaban allí. Hace muchos años que no he vuelto, espero que la hayan rehabilitado.

Ahora, cuando mi mirada tropieza con una cometa, pienso en Kabul, y en los niños que perdieron su infancia y a los que se les prohibió lanzar sus sueños al viento.

Chanclas y gominolas

Las chanclas siguen de moda. Aparecieron en las revistas de los pies de las top models hace unos años. Llegaron para quedarse. Casi sucumbo a esta vieja tendencia, pero mis pies me devolvieron la cordura. Como me susponía, volvieron a rozarme en el espacio entre el dedo gordo y el siguiente. Cuando tenía diez años más o menos también estaban de moda estos engendros de goma. Y tengo muy malos recuerdos, créanme. Mientras escribo estas letras engullo gominolas, por cortesía de mi compañera Begoña. Las gominolas también constituyen un dulce recuerdo, y, como las chanclas, no han cambiado para nada, siguen siendo tan ricas como por aquellos días en que las segundas me torturaron. Terminaba envolviendo en esparadrapo la pieza que separaba ambos dedos y aún así, seguían siendo incómodas. Sólo me gustaba el sonido de su golpeteo con las plantas de los pies al caminar. Siempre y cuando no se rompieran, claro. Una vez se me rompieron ¡las dos a la vez! Y tuve que volver a casa, descalza, por un camino en el que el barro se mezclaba con los excrementos de las vacas. Se trataba de un pequeño sendero que transcurría desde la fuente a la que habíamos ido en busca del agua hasta la carretera que atravesaba Cueto. Tuve que limpiarme los pies entre la hierba salvadora que orlaba el camino antes de pisar el asfalto. Aquel día juré que no volvería a usarlas y casi me traiciono.

Para mi desgracia muchas de las sandalias que pueblan los escaparates también llevan el odiado sistema “de dedo”. Así que este verano no he adquirido nada de calzado, sino que continuando con mi gusto por el decoupage y el reciclaje, me he customizado unas viejas zapatillas de lona. Con unos vaqueros viejos me he bricolado unos piratas y un bolso, todo ello gracias a las benditas servilletas que son capaces de transformar cualquier desecho en una pieza maravillosa. ¡Y que vivan las gominolas!

Ecología y chiringuitos

Quien les habla es una defensora de la naturaleza, de su conservación racional, e incluso imparte clases sobre el tema a alumnos de secundaria y bachillerato. Sin embargo, estando convencida de la necesidad de la ley de costas no lo estoy tanto de la forma de aplicarla. Como siempre, en este país se mide con dos raseros. Se amenaza al humilde chiringuito y se permite que el chalé ubicado en pleno acantilado permanezca. Si ambos se construyeron antes de la aparición de dicha ley deberían respetarse, y si no, demolerlos a ambos. Pero no, se ataca a los chiringuitos, que crean puestos de trabajo y dan alegría al personal, que bastantes problemas tiene ya a lo largo del año, y se permite que los casopones costeros se mantengan desafiantes sobre las rocas donde deberían anidar las aves. Conozco gente que incluso se vanagloria de tener un chalecito en pleno acantilado. Gente que no tiene ningún pudor en presumir de tal posesión ni de otras. Supongo que es una cuestión de inseguridad. No me gusta la gente que alardea de sus bienes materiales y de su elevado intelecto, sobre todo cuando se haya en foros de menor nivel adquisitivo y cultural. Pero en lugar de enfadarme termino pensando que algún complejo interior les devora si sienten esa contínua necesidad de decirnos lo maravillosos que son y todo lo que poseen.

Volviendo al tema, el otro día vi en la tele un programa en el que se recogían testimonios de dueños de chiringuitos. Muchos de ellos con más de veinte años de antigüedad, y no sólo en la costa del sol, también pudimos ver un caso drámático  en Cantabria. No hace falta ir a la costa del sol, ni a Benidorm para contemplar desmanes. En la playa de Sopelana hay chalets sobre los acantilados, y también a lo largo de la costa cántabra. Y si nos vamos hacia el interior, el desenfreno económico ha dejado sembrado de esqueletos de hormigón un montón de pueblecitos, obras abandonadas que vete a saber cuándo se acabarán.

Así que como dijo ayer una representante de Greenpeace en la televisión, cumplir la ley de costas no significa machacar al chiringuito. Pero supongo que es lo más fácil. En un país de pandereta como el nuestro, en el que es turismo tiene tanta importancia en la economía nacional, no deberíamos destruir las pequeñas empresas familiares de hostelería. Y si es así, que apuesten por un desarrollo tecnológico real que cree otros puestos de trabajo en lugar de hacer tanto parche.