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anamayoral

Deseos materializados

 Reflexiones vacacionales

Hacía tiempo que quería sentarme a escribir en mi terraza. No lo había hecho aún porque tenía una mesa de exterior un tanto inestable, y ahora que dispongo de una ideal, he necesitado esperar a que el tiempo me lo permitiera. Esta tarde la temperatura es perfecta. La sombra ya se ha adueñado de este rincón de la terraza. Las tumbonas se inclinan hacia la puesta de sol y hacía allí migraré cuando las luces se vayan enrareciendo y el aire se vuelva más húmedo. Sin embargo, no todo es perfecto. Resulta que la luminosidad es excesiva y no puedo ver con claridad la pantalla del ordenador, como si un ligero velo ocultara parcialmente los iconos. Así que escribo a tientas, pero feliz. Y casi me siento como uno de esos escritores que componen sus novelas en su residencia de verano. Sólo faltaría que un mayordomo me trajese el té -me conformaría con que fuese mi pareja-. De momento me como un yogur con moras que hemos cogido en el campo. Este año la cosecha es muy abundante. Los frutos son gruesos y jugosos, dulcísimos y refrescantes. Los vigilan una cohorte de arañas tigre, que tienden sus telas entre las ramas de las zarzas. Entre ellas crecen también ortigas, lo que convierte a la aparentemente fácil tarea de la recolección en una actividad de riesgo. Eso sin tener en cuenta las espinas.

Como siempre que cae la tarde, los perros ladran. La semana pasada un pavo emitía unos sonidos bastantes desagradables. Creo que ya no llegará a Navidad. Las ranas terminaron su frenética actividad sexual y se han marchado de la charca. No crean que vivo en plena naturaleza. Por el contrario, me rodean las construcciones abandonadas por la crisis y la avaricia desmedida. En uno de los socavones se acumuló el agua, y los batracios acudieron a materializar sus amores en esa laguna improvisada. Nos han dado la serenata varias noches. No sé si ha terminado la época de celo o es que algún vecino insomne se las ha cargado. Espero que haya sido lo primero.

También he tenido okupas. Unos murciélagos anidaron en una grieta del tejado. Tal vez sea mi afición a Bran Stoker. Resultaba encantador escuchar sus ruidillos mientras preparaba la cena, supongo que se iban desperezando para salir a buscar su sustento. Como la grieta entre la viga de madera y la cubierta es muy estrecha, debían estar muy apretaditos. Tal vez se empujaban unos a otros luchando por salir antes y respirar aire puro. Ha sido una pena, me han abandonado. Me encantaba salir a la terraza a las diez de la noche y observar como salían -no fallan, son mejor que un reloj suizo- en parejas o tríos. Contamos hasta treinta y seis. Eran diminutos. Me hacían mucha compañía mientras cocinaba. Me queda la esperanza de que vuelvan para pasar el invierno al calor de mi cocina.

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