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ENSAYOS

Siempre el sol

Se anuncia una sequía apocalíptica y al día siguiente la lluvia barniza las calles, da lustre a los polvorientos árboles y dota de cualidades resbaladizas al empedrado. La mañana es triste. No por la lluvia tan deseada, sino porque la tristeza se escapa de los poros de mi alma, enturbiando el cielo, empañando los cristales de mi casa.  Tengo derecho a sentirme triste, a que la pena me visite unas horas, a que las sombras me abracen sin consuelo. Pero también me siento en la obligación de sacudirme, de desembarazarme del pesar y mirar a través de las nubes. Y detrás de las nubes siempre espera el sol.

El termómetro de la felicidad

Supongo que no está bien hacer publicidad gratuita -no cobro nada por ello, os lo aseguro-, pero la tienda SEPHORA es para mí el mejor termómetro de mi estado anímico. El otro día pude entrar y ni lo hice. Otro día entré, estuve unos minutos y no compré  nada. Hace unos años me moría de ganas de visitar una de estas tiendas en cuanto me enteraba que existían en la ciudad que visitaba. ¿Por qué? Pues en aquella época el despliegue de colores que mostraban sus geles, jabones junto con los bonitos diseños de sus envases me animaba más que cualquier otra cosa en el mundo. Si además adquiría alguna sombra de ojos que encerrara uno de esos mágicos colores me asegura de llevar siempre en el bolso una píldora para la depresión. Por aquel entonces frecuentaba lugares de color verde musgo y marrón. Colores que en la naturaleza están muy bien, pero fuera de ese contexto me producen una gran tristeza.

Por esa regla de tres, el que no me interesen nada esas tiendas en la actualidad implica que me encuentro fenomenal conmigo misma y no necesito sumergirme en los productos de belleza de colores y diseños maravillosos.

Hablando de colores. No me gusta el naranja. Y tengo amigas que me regalan prendas naranjas -pañuelos, bufandas, pareos, etc.- En los demás me parece un color estupendo, pero no para mí. Tengo una caja repleta de complementos naranjas que no puedo poner y me da pena tirar porque quiero mucho a mis amigas. ¿Debo decirles la verdad? ¿Se enfadarán? ¿O debo intentar ponérmelos a ver qué pasa?

Desvaríos antes de dormir

Ultimamente se me ocurren muchas cosas cuando me voy a dormir. Pretendo recuperarlas al día siguiente, para plasmarlas en esta bitácora. Pero o bien son poco interesantes y se duermen para siempre conmigo o bien es que mi memoria es como la superficie del mar: no se puede escribir sobre él.

Un día quería escribir acerca del problema del guante de goma derecho. Sí, ese guante que se rompe antes que el izquierdo -en los zurdos al revés-. Deberían vender los guantes sueltos, de tal modo que pudieras comprar el que te falta y seguir usando el que permanece nuevo.

Otro día quería escribir sobre los pendientes viudos. Tengo muchísimos. Deberían venderlos por tríos en vez de en pares. Ya no compro pendientes. Sé que los perderé o se los ragará el aspirador así que me ahorro el gasto y el disgusto. Si los vendieran por tríos me sentiría mejor, pues siempre me quedaría otro en la recámara.

Otro día pensaba en las canciones infantiles. Esas que me cantaron y que mi memoria no acierta a encontrar entre tanta información almacenada. Y acabo de leer sobre el exceso de información en una revista profesional. Es un problema que nos acucia a todos desde hace años. Tenemos un exceso de información imposible de digerir. Y más aún ahora que hasta en la radio hay facebook y twitter, ya no nos conformamos con los individualistas blog. Lo último es un proyecto de unos estudiantes universitarios andaluces que van a diseñar unas cepas de bacterias capaces de sumar. Una entiende lo de los biobriks, paquetes de información que encajan como las piezas de un lego, pero no como conseguir que sumen. ¿Alguien puede explicármelo?

Tal vez debiera realizar una exposición de pendientes viudos, guantes de goma izquierdos impecables y fragmentos de canciones infantiles.

Tal vez, así, aparecería algún zurdo y podríamos hacer negocio. Quizás llegara otra persona con otros pendientes viudos gemelos al mío y podríamos reunirlos. A lo mejor -no me gusta el término igual en este contexto- alguien podría rellenar esos huecos de mi memoria para tener completas las canciones que me hicieron feliz.

Me veo desvariando sobre temas absurdos, como Carrie en su columna, sólo que yo no vivo en Nueva York, no hay un Big -¿se escribe así?- que me rompiera el corazón y soy incapaz de calzarme unos Manolos.

 

Siiiiiii Ahora recuerdo. Quería escribir sobre los colores y el termómetro de la felicidad. Lo dejaremos para otro día.

Obsolescencia programada

Bajo este complejo término que igual puede aludir a la caída de la hoja como a una planificación a largo plazo de lo que está de moda, se esconde algo que siempre habíamos sospechado que existía: los objetos, electrodomésticos y aparatos electrónicos están diseñados, de forma consciente, para que tengan un número limitado de usos. En un documental de La 2 que se titulaba algo así como Comprar, tirar, vender ... contaban la historia de las bombillas, que desde el principio duraban muchas más horas y fueron sustituidas rapidamente por otras que fallaban antes. Cualquier intento de vender productos de larga duración era abortado antes de que saliera a la venta, pues atentaba contra el nuevo modelo productivo.

En el reportaje exponían casos muy concretos: una impresora con un chip que llevaba un contador para el número de impresiones y que cuando alcanzaba el límite impedía que la máquina funcionase. O el de un i-pod cuya batería dejaba pronto de acumular energía.

No soy usuaria de demasiados chismes electrónicos pero sí de mi móvil, que utilizo más como agenda, cámara de fotos, calendario, despertador y radio en horas de insomnio que para llamar por teléfono. La batería está llegando a su fin y me da mucha rabia, porque no me apetece cambiar de aparato. De todos modos, aunque encuentre la batería me fallará el cargador, que también se está rompiendo en la zona de conexión. Los auriculares parecen sobrevivir a degeneración planificada, espero no dar ideas a los ingenieros.

Terminaba el programa con las imágenes de un vertedero de cacharros electrónicos en un país en vías de desarrollo, que con semejante panorama dudo se pueda desarrollar.

Algo tenemos que hacer para parar este consumo desmesurado y me temo que la única forma de hacerlo está en la educación. Por mi parte intentaré hacer lo posible, aportar mi granito de arena. Están en juego la salud del planeta y el sentido común.

Aparecieron los baberos

Y no se habían marchado a la dimensión de los calcetines perdidos, ni al agujero negro que se traga los pendientes. Estaban donde tenían que estar: en la bendita guardería, limpitos, esperando que alguien los reclamara. Pregunté por ellos y me devolvieron un puñado multicolor de telas plastificadas con los rótulos de los días de la semana que me faltaban y las caritas alegres de gatitos, hipopótamos y otros animalillos no identificados.

Hablando de temas infantiles, parece que se está cociendo el nuevo número infantil de caleidoscopio. El último caleidoscopio para adultos quedó francamente bien. Me voy dosificando los relatos para que me dure mucho, y estoy disfrutando con el de Esther Pardiñas, Luis Carlos, Felix Alonso, Carlos Bolinaga y María Mazo. Gracias a todos por seguir escribiendo y por acordaros de mí.

 

Los pijos también tienen pelusas

No se trata de uno de esos grupos de facebook a los que agregarse, aunque seguramente ya exista dado el gran poder que tienen las redes sociales para crear cosas inverosímiles. Menos mal que esto no lo escribí ayer, como era mi intención, porque habría pensado que la aparición de unas rebeldes pelusas grises en mi salón sería algún castigo cósmico. La verdad es que ayer, en una casa muy bien, mi pareja que lo ve todo como dios, descubrió unas enormes pelusas campando a sus anchas sobre unas alfombras persas. Las pelusas no respetan nada. Si la dueña que apareció tan perfecta ante nosotros se hubiera percatado de su presencia seguro que ya estaba despidiendo a la asistenta. Por mi parte, mi pareja es la que lucha contra su aparición, menos mal que suelen congregarse en determinados puntos de la casa, que son como las plazas y los parques de las pelusas, en las que se solazan juntas, hecho que facilita su eliminación.

Esta mañana esperaba a una amiga y se me rebelaron dos o tres sobre la tarima de roble, y apenas disponía de tiempo para eliminarlas antes de que llegase. Después me di cuenta de que no eran tales sino las que producen los chopos en esta época del año: blanquecinas, casi etéreas, y que son iinfinitamente más difíciles de recoger que las grises de toda la vida. Eso me hizo sentir mejor, pues aquello era tan sólo la prueba de que habíamos ventilado la casa y no de que fuéramos unos cerdillos.

Dirán que en qué cosas se entretiene una con la que está cayendo en España y por el mundo. Tal vez sea una frivolidad escribir sobre estas cuestiones, pero más frívolo me parece lo que oigo todos los días. Tal vez los pijos tienen pelusas porque no les llega para la asistenta y no han adquirido todavía la tecnología y los conocimientos necesarios para eliminarlas.

 

 

 

Montajes operísticos

 

No soy una experta en ópera, tan sólo una persona aficionada que disfruta mucho de este arte escénico y musical tan completo. Pero como aficionada supongo que podré opinar -aunque los puristas se me echen encima- sobre algunos montajes que se realizan en la actualidad Pongamos como ejemplo el de Salomé. He visto un reportaje sore la interpretación que hace el director, actualizando la historia y el vestuario. Es algo que no soporto. Creo que deberían respetarse tanto el contexto histórico como escenográfico de las óperas, el vestuario y todo aquello que fue concebido por el autor original. Me temo que muchos directores, en aras de una supuesta genialidad, se dedican a ubicar ciertas óperas en ambientes actuales que no resultan nada creíbles. Recuerdo una ópera de Mozart a la que habían ubicado en un almacén ferretero actual con los cantantes paseándose en patines de ruedas por el escenario. Por suerte era una emisión telivisiva y pude apagar el aparato. No había forma de seguir la obra dignamente.

Tal vez sea muy dura con mis palabras y lo siento porque no deseo ofender a nadie. Sin embargo no puedo callarme mi opinión y es que todos estos directores que alteran la concepción original de la obra como son incapaces de crear una ópera nueva y diferente se dedican a modificar y destrozar las que otros músicos concibieron con gran trabajo y talento. Cualquier día nos sorprenderán con una Traviata en la que el brindis se desarrolla en un parque a ritmo de botellón nocturno, en el que las copas se sustituyen por vasos de litro y el escenario está alfombrado de bolsas de plástico, botellas de refrescos y alcohol de garrafón. Espero no haber dado ideas a nadie.

El teatro tampoco se libra de este tipo de atropellos. En Alcalá de Henares hace años que se representa El Tenorio el día de todos los Santos. El mérito de esta representación es que tiene lugar en diferentes escenarios de la ciudad, todos ellos constituyen el bello conjunto histórico de Alcala. Así la ambientación es exquisita y el público se desplaza de un escenario a otro siguiendo el desarrollo de la obra y disrutando del buen hacer de actores consagrados y locales. He llegado a ver esta obra reinterpretada con vestuario de los años 20, muy bonito pero tremendamente anacrónico.

Soy consciente de que mi proteta cae en saco roto, pero al menos desde el blog me queda el único recurso: el del pataleo.

Un gesto para el planeta

Como siempre que ocurre un evento de este calibre, por una parte me opongo sistemáticamente ante los que pretenden que nos portemos como borregos, en este caso con conciencia medioambiental. Me pregunto de qué sirve que una serie de ciudades apagen las luces de sus monumentos a la vez durante unos minutos y nosotros hagamos lo propio en nuestros hogares. Sobre todo cuando esa mayoría seguirá con su vida normal, consumiento energía, eso sí, contentos por el deber cumplido. Como siempre, abogo porque el ahorro energético sea algo cotidiano, no de un día al año. Pequeños gestos diarios son los que realmente cambian el mundo, no los que aparecen en el telediario.

Por esa razón no apagué las luces ayer. Hice mi vida normal. Me di mi ducha diaria de 3  minutos, reciclé mis residuos, ventilé la casa el tiempo necesario, regulé la temperatura de la calefacción, cociné con olla express. En fin pequeñas cosas que hago todos los días y que creo son más eficaces que el apagón mundial. El secreto para luchar contra el deterioro del planeta radica en la constancia, en que todos nos impliquemos en lo que esté en nuestra mano, y así no será necesario que algún día nos apaguen forzosamente la luz por falta de energía y el caos se apodere de nosotros.

A las mujeres trabajadoras que no trabajan

Todos los años dedico este día a la mujer que no escribe, y republico un texto que escribí hace años y dediqué a mi madre. Este año, como me encuentro en un extraño estatus: el de mujer trabajadora que no trabaja, he decidido alterar esta rutina.

Me encuentro en el grupo de mujeres trabajadoras que no trabaja, bien por motivos de salud, por cuidado de un familar, embarazo de riesgo o porque han perdido su puesto de trabajo. Mi madre siempre me ha dicho que la liberación de la mujer constituye un atraso: debe trabajar en la calle y en casa, por lo que siempre anda sin tiempo para ella misma, con la obligación de cumplir en el hogar y en la empresa, de mostrar un aspecto impecable, llevar a sus hijos como pinceles y tener atendido al marido a todos los niveles. Como es bien sabido, todos estos objetivos implican realizar un complicado encaje de bolillos y a la postre, cuando se mira la labor terminada, no parece que haya quedado perfecta. Lo que yo le digo a mi madre, es que lo importante no es el resultado de la labor sino de que nos sintamos bien mientras la confeccionamos. Ahora que no puedo trabajar, me acuerdo de los que madrugan mientras yo sigo en casa en mi camita caliente, de los que tienen que conducir para ir al trabajo nieve o caigan chuzos de punta, de los que apenas disponen de tiempo para sentarse un ratido después de comer. A mí me sobra el tiempo a raudales y en cierto modo me siento una parásita social, a pesar de que no trabajo por motivos de salud. Me consuela pensar que dentro de unos meses estaré recuperada y volveré a la frenética rutina del trabajo y la casa, aunque esta última no está sólo a mi cargo sino que mi pareja y yo compartimos las tareas. Ahora la verdad es que las hace él ya que yo no puedo.  Y aunque mi situación cambie y vuelva al trabajo con nuevas y placenteras responsabilidades que supongo nos llenarán de alegría, tal vez me acuerde con nostalgia de algunas de estas mañanas en las que ahora no madrugo o que  no me levanto de la cama porque sencillamente no me tengo. Sí, seguro que me acordaré cuando salga de noche con un frío que pela hacia mi trabajo con la amenaza de una nevada, pero me sentiré feliz porque volveré a ser yo misma.

Desde aquí les deseo a las mujeres trabajadoras que no trabajan que superen sus dificultades y vuelvan a la vida que ellas desean, dentro o fuera de casa, pero felices.

Esto tiene que cambiar

Estamos en marzo y me temo que la primavera sólo llegará al Corte Inglés. La gente está tan harta del frío y de la lluvia que parece desquiciada, triste, con el sentido del humor perdido más allá del núcleo terrestre. Ayer presencié una pelea entre dos perros y sus dueños. Tengo que decir que me dio más miedo la de los dueños, que se dijeron de todo menos guapos, y si hubieran tenido algún arma a mano no dudo que la hubieran utilizado. Al menos los perros son inocentes, les domina el instinto, pero a los dueños se les supone una cierta dosis de civismo.

Esta mañana algún niño que debía estar sólo en casa o por un descuido de los padres, se había dedicado a tirar sus juguetes por la ventana. El suelo estaba alfombrado de objetos de plástico multicolores y la policía municipal miraba hacia las alturas intentando averiguar de dónde procedía la lluvia de juguetes.

Ayer un hombre mató a su novia en mi ciudad, y abandonó su cadáver en el coche, y allí permaneció, como dormida, hasta que los vecinos se percataron de que llevaba mucho tiemoo allí, sin moverse.

Los mejores periódicos de tirada nacional siguen publicando anuncios de contactos, muchos de ellos de mafias chinas que explotan de forma infernal a sus conciudadanas, y se embolsan una buena suma procedente de esas chicas que con poco más de 20 años ya están "quemadas". No quiero ni pensar qué será de ellas cuando ya no sirvan para los propósitos de sus "clientes" y sus captores. Recuerdo que en la novela de Isabel Allende, Hija de la fortuna, la autora denunciaba esa misma situación en la recién nacida California. Eso ocurría durante la fiebre del oro, y la as chicas chinas que ya no soportaban más su cruel destino o que ya estaban destrozadas simplemente las mataban. Supongo que la vida valía y sigue valiendo poco en ese pais, con tal de ganar dinero.

Estamos en marzo y los pájaros no se atreven a salir de su letargo. Los árboles muestran sus muñones desnudos a un cielo gris y no se escuchan los gritos de los niños en el parque. Los columpios se oxidan por falta de uso. Pero esto tiene que cambiar.

No tener donde caerse muerto

En la localidad de Huerta de frailes los vecinos, literalmente, no tienen donde caerse muertos. La verdad, para ser justos, es que sólo puede fallecer uno, pues sólo queda espacio para una tumba. Se encuentran indignados, pues se trata de una población envejecida, en la que suponen van a necesitar más espacio. Así que este problema, curiosamente, parece quitarles el sueño y también el sosiego en lo que les quede de vida.

Supongo que el arraigo de las personas mayores a su tierra y a sus costumbres es tan grande que no pueden soportar la idea de que sus cuerpos no descansen junto a los de sus vecinos y antepasados. En la denuncia que hacían en un programa de televisión manifestaban que estaban dispuestos a ceder el terreno comunal necesario y a aportar parte del dinero para construir el nuevo cementerio, pero el ayuntamiento del que dependen se negaba a ello.

A mí, que me da lo mismo lo que hagan con mi cuerpo una vez que ya haya dejado de existir, todo esto me parece surrealista. Siempre está la posibilidad de la incineración. Pero para estas personas ancladas en las tradiciones esa opción no entra en su forma de ver el tránsito a la otra vida. Desde luego nunca se me ocurriría amargarme la vida por lo que me pasara tras la muerte. Creo que hay problemas más importantes que resolver. En cualquier caso, la cuestión es que esos ciudadanos tienen derecho a tener su cementerio, más aún si corren con la mayor parte de los gastos.

De todos modos, les sugiero que hagan como en otros países, fosas verticales, que ocupan menos espacio, y que echen un vistazo al cementerio judío de Praga, eso sí que es hacinamiento post-mortem, pero tiene su encanto macabro.

Nostalgia de la tierruca

Cuando me preguntan de dónde soy, siempre tengo serias dificultades para contestar. La razón se encuentra en que he vivido en muchos lugares y tengo el alma repartida por varios rincones de la geografía española e incluso europea. Nací en Madrid, pero mi familia es de origen manchego, por lo que parte de mi infancia transcurrió en esas tierras inmensas y luminosas. Pero también pasaba los veranos en Cantabria, y ya se sabe que los recuerdos felices de la infancia se quedan en el corazón para siempre, como un refugio seguro al que poder regresar. Y la verdad es que cuando retorno, ya como adulta, una vez que el coche comienza atravesar la cordillera cantábrica y los prados verdes sustituyen a los campos de cereal, una gran felicidad se apodera de mí. Esa sensación de plenitud siempre se repite, es como un bálsamo que me hace olvidar las tensiones y los sinsabores cotidianos.

Por una serie de razones hace meses que no veo esos prados, y que mis ojos no se sumergen el el azul misterioso del mar. No recorro los caminos que todo el año ofrecen sus flores ni contemplo pastar a los caballos. Echo terriblemente de menos la sensación de pasear por el campo cuando cae la tarde, comienzan a ladrar los perros y el mundo se recoge en una calma maravillosa. Extraño volver a casa con un ramillete de hermosas margaritas y trajinar en la cocina para preparar la cena. También me acuerdo de otras tardes en las que aprovecho los últimos rayos de sol para leer en la terraza mientras la humedad comienza a barnizarlo todo con su patina de frescura.

Pero sé que volveré y allí estará esperándome, Cantabria, como cuando era niña.

Mil gracias a los que salvaron la pinacoteca del Prado

Leo en el Diario de Burgos la historia de la salvación de muchos de los cuadros del Museo del Prado durante la Guerra civil. Como siempre, Rodrigo Pérez Barredo describe y escribe como los ángeles un capítulo de nuestra historia. Suelo leer sus artículos, porque es de los pocos periodistas que son capaces de crear un texto maravilloso sobre cualquier tema. No me gusta el deporte, pero hasta sus crónicas de ciclismo me encantan. Suele rescatar también temas históricos de gran interés como el que comento hoy.

Cuando visitamos el Museo del Prado no somos conscientes de cómo se han conservado esas obras, nos parece que con unos vigilantes y unos restauradores basta. Pero nos olvidamos de las guerras que han sacudido a muchas ciudades europeas y cómo los ciudadanos anónimos, en muchos casos, han sido los artífices de la salvación de sus museos, como, por ejemplo, el Hermitage en San Petersburgo. Pagamos una entrada o incluso lo visitamos gratis, desconociendo que muchas personas arriesgaron sus vidas por salvar un patrimonio cultural insustitutible. Que las personas pongan en juego su más preciada posesión, la vida, por unos lienzos resulta increíble. En este caso fue María Teresa León la responsable de dirigir la operación de salvamento. Desde luego tanto ella como todos los soldados que participaron en la misión deben haberse sentido muy orgullosos. Desde mi modesto blog les doy las gracias, y cuando vuelva a ver los Velázquez, Tintoretto, etc. me acordaré de ellos. Los ciudadanos tenemos una deuda de gratitud con ellos para toda la eternidad.

A vueltas con el burka

De nuevo los tertulianos de la radio y la televisión ya tienen nuevo tema para entreternos, aunque en esta ocasión resulta sumamente doloroso. En una sola ocasión he tenido a mi lado a una mujer con burka. Fue en un supermercado de una ciudad inglesa, Hull. Ella caminaba junto a un hombre, vestido con un moderno chandal. A mí el mundo se me vino encima y recordé la novela Mil soles expléndidos, en la que una de las protagonistas narra lo que supene ir cubierta con esa prenda infame.

El burka representa lo peor de una sociedad que se empeña en ningunear, explotar y humillar a las mujeres. Una sociedad dominada por hombres que se olvidan que nacieron del vientre de una mujer, que lo acunó amorosamente, soportó las incomodidades del embarazo y los dolores del parto, en países donde la asistencia sanitaria está practicamente ausente. No podemos permitir que esa imagen se multiplique por nuestros países europeos, no se trata de una simple moda, sino de un símbolo de opresión. No es una cuestión de respeto a una religión cuando esa  religión no respeta a las mujeres.

Pero tengo un temor, un temor enorme que apenas me atrevo a escribir. Si no permitimos que esas mujeres salgan a la calle con burka tal vez sus maridos las recluyan en casa, lo que supone no ir siquiera al médico cuando están enfermas, y como ocurre en Afganistán, si el marido muere ni siquiera pueden trabajar por lo que sólo les queda el camino de la mendicidad para dar de comer a sus hijos.

Si se lee Mil soles expléndidos, escrito por un hombre de forma magistral, una se da cuenta que lo peor que le puede ocurrir a una mujer es nacer en el seno de la "incultura" talibán, en la que está condenada a malos tratos y vejaciones continuas. Casi es mejor la muerte que soportar esa vida corriendo el riesgo de engendran hijas que sufrirán esas torturas e hijos que se convertirán en torturadores.

Encima ahora se están planteando incorporarlos al frágil gobierno afgano. No es la primera vez que los americanos subvencionan a los talibanes, ya lo hicieron hace décadas para luchar contra los rusos, y fijáos a lo que hemos llegado. Pero la gente no quiere saber historia y le importa muy poco lo que les ocurra a esas mujeres de mirada perdida que en alguna ocasión protagonizan la portada de una importante revista para que le den un premio prestigioso al fotógrafo.

Aún siento el temblor que me invadió al encontrarme con aquella mujer oculta a los ojos del mundo por el burka, no creo que ninguna lo lleve por gusto, apenas se puede ver ni respirar a traves de esa fina rejilla. Espero que el gobierno francés no lo permita.

La isla bajo los escombros

Hace unos meses comenté la magnífica novela de Isabel Allende La isla bajo el mar, en la que narraba los terribles orígenes de Haití, una nación forjada por la esclavitud. Con semejantes comienzos esta nación no ha levantado cabeza, supongo porque los europeos sólo nos hemos dedicado a esquilmarla y a nadie le interesa que progresen, salvo a las ONG´s. Ahora han sufrido este horrible terremoto, que por lo menos ha afectado a todos por igual, pobres y no pobres, aunque también a las personas que intentan mejorar la situación del país.

Si ya los comienzos de Haití fueron espantosos (con esclavos traídos de África por los franceses que eran tratados peor que animales, cuya experanza de vida miserable era de pocos años malviviendo en condiciones infrahumanas. Después se produjeron las lógicas revueltas encabezadas por los eclavos huídos que también sembraron el terror entre los blancos, y para empeorarlo todo más resulta que había diferentes tipos de gente de color según el porcentaje de sangre blanca y encima también se odiaban entre sí) qué se puede esperar.

Desde la comodidad de nuestra vida en Europa, nos quejamos de la nieve o las inundaciones entorpezcan nuestro planes o dificulten el acceso al trabajo, y se llenan los telediarios y programas con reporteros que se meten hasta las orejas entre la nieve o en casas inundadas. Sin embargo esto no es nada para lo que han sufrido y les queda por sufrir a esa gente cuyos ancentros fueron arrancados a la fuerza de sus países, cuyos paisanos morían como moscas en los barcos que los llevaban al Caribe, y que ya no sólo es que tengan que sobrevivir a la violencia y el hambre sino que también la tierra se confabula contra ellos para llevarles otro castigo bíblico. ¿Qué pecado han cometido? Cada vez me reafirmo más en que Dios no existe, pero el infierno sí, y está en Haití, en Irak, en Afaganistán, etc. Y no se sabe porqué, los causantes de tanta desgracia vivimos como reyes, sin que las catástrofes nos rocen.

Coincidencias de fin de año

Dirán qué hago escribiendo a las once y media de la mañana, pues recordar que el pasado noviembre escribí una entrada protestando por el cobro de canon de la SGAE, y el título era ¿Podremos cantar bajo la ducha? y en el programa típico de fin de año en tve1 de José Mota, era interrumpido por un tenaz cobrador de la SGAE que a golpe de sello y tinta roja pretendía que el actor pagara por tararear una canción mientras se duchaba. No sé si será como José Mota soy de origen manchego y se nos ocurren las mismas cosas o es que simplemeto es cuestión del sentido común que parece faltarles a algunos que se apoltronan en el primer sillón que pillan y le cogen el gusto a eso de mandar y putear al personal.

Cambiando de tema, el programa de Mota fue de lo más refrescante, teniendo en cuenta los bodrios que emitieron el resto de las cadenas, incluida la tve1, que después de las uvas castigó con un programa hecho de recortes de toda la historia de programas de fin de año, que si ya eran infumables en su época ahora todos reunidos resultaban una auténtica tortura. Supongo que su intención sería ahorrar dinero ahora que no van a emitir publicidad privada -aunque no nos libraremos de la institucional y de la programación de la propia cadena-.

Se preguntarán qué hacía yo viendo la tele en lugar de estar de juerga, como corresponde en una fecha como esa. No es cuestión de dar detalles de mi vida privada, pero desde luego hubiera preferido estar tomando unos cubatas y baliando que tragándome la tele. Sin embargo, como saben los que ya han cumplido unas pocas décadas, llega un momento que por las circunstancias -familiares, de salud, de lugar de residencia, etc- te ves en casa esa mágica noche en lugar de vestirte de gala y arrojarte al frío de la calle, y sin amigos con los que echar una partidita de cartas o de la wii, que da mucho juego. La nochevieja se convierte en algo que hay que pasar, como un puente hacia ninguna parte, alfombrado de turrón y adormado por las uvas y las burbujeantes copas de cava. Una vez que todo ha terminado sientes un gran alivio porque falta todo un año para volver a pasar otra noche como esa y la esperanza de que sea más divertida y la situación familiar no sea peor. Y eso que no tengo derecho a quejarme, aunque parezca todo lo contrario, porque me encontraba en compañía de mi pareja que también sufría los rigores de la nochevieja, y nuestras miradas cómplices eran lo único que salvaban la situación.

Les deseo que se lo hayan pasado genial, que aún estén durmiendo -lo cual es indicio de que estuvieron de cachondeo hasta tarde- y que la resaca sea leve para soportar otro día más de comidas y repeticiones televisivas. Por mi parte disfruto del concierto de año nuevo y de tener la cabeza despejada -es lo bueno de mi estado actual- y que ya queda menos para volver a una relativa normalidad.

¿Será una inocentada?

Ahora que lo pienso, tal vez la noticia del morfopsicólogo de ayer era una broma y caí de pleno en ella. ¡Cuánto me gustaría que fuera así! Es más, desearía que me hubieran timado, pero me temo que esto puede ser posible. En fin, antes las bromas eran más evidentes, pero como en los últimos tiempos las noticias diarias ya parecen inocentadas -como lo de la SGAE de cobrar un canon a los tunos, que si lo hubieran publicado un 28 de diciembre habríamos pensado que se trata de una inocentada-, una ya no sabe a qué atenerse. En Burgos, en el Diario, publicaron al parecer que la estatua de Carlos III la trasladarían al Paseo de la Isla y que en su lugar colocarían una de Atapuerca. Esto no me parece nada descabellado en esta bendita ciudad, cosas mucho más peregrinas ocurren todos los días y las tenemos que sufrir los ciudadanos. Por cierto, al pobre Carlos III ya le pusieron una peana horrible y que no le pegaba para nada, así que está acostumbrado a todo. A mí ya me pareció una inocentada que cortaran el puente de la Plaza Castilla sin construir otro nuevo a la altura de la Barriada Yagüe o de la Universidad. Pero lo hicieron. Con lo que el puente de San Amaro soporta un caos circulatorio en las horas punta increíble. Eso sí, nos pusieron una bonita minirotonda provisional para aumentar la confusión. Pero eso no le importa al Ayuntamiento, ni tampoco que en ni en el Barrio del Pilar, ni en Parralillos, ni en San Amaro, exista una farmacia, ni que hicieran un Centro Cívico -denominado Huelgas-El Pilar- en la Cellophane, a hacer puñetas del Barrio del Pilar, que de nuevo recibía un portazo en las narices no sólo al perder la oportunidad de tener un servicio público sino que encima se cachondeen llamando al nuevo centro cívico, El Pilar. Ya no digo nada de colegios públicos, que faltan plazas desde Fuenticillas hacia el oeste de la ciudad. Han prometido la construcción de un colegio, veremos cuándo llega. El centro de Salud de los Cubos sigue siendo el único desde esa zona hacia el oeste de la ciudad, así que crece la ciudad y los servicios básicos como la salud y la educación no están garantizados.

Bueno, ya no protesto más, que estamos en Navidad y no quiero ponerme de mala leche. Que tengan un buen día.

A mi no me llevaron al morfopsicólogo

A mí no me llevaron al morfopsicólogo y así me va. Que ya no sé si soy de letras o de ciencias, o una mujer del Renacimiento con el temor de "el que mucho abarca poco aprieta". Resulta que ahora es preceptivo llevar a los niños al morfopsicólogo para que nos proporcione la orientación académica y profesional. Al menos eso es lo que he podido ver el el programa de tv1 España directo. Dos madres acudían a sus hijos a la consulta, y el gurú de la psicología aliada con el estudio de los rasgos faciales aconsejaba como educarlos y qué profesiones serían más adecuadas para ellos. A un joven de perfil recto le dijo que tenía que ser juez, y el chaval, como una servidora,dudaba entre estudiar ciencias o letras. Tal vez ahorre muchos quebraderos de cabeza a la familia el tener claro que un chico de 16 años tiene que ser juez -no servía con ser un simple abogado, ni tampoco notario, ni fiscal-. También el morfopsicólogo interviene en las contrataciones de personal estudiando los rasgos de la cara. Según él, el viejo tópico de los guapos son tontos y los feos resolutivos era casi una verdad incuestionable. Como soy muy mala diré que él no era muy agraciado.

Así que a estas alturas de la película resulta que de nuevo vuelven a juzgarnos por nuestro aspecto físico, y lo que es mucho peor, nuestro careto está intimamente relacionado con nuestra capacidad para el trabajo. No podemos escapar. Por suerte, en mi caso, elegí las ciencias como profesión y las letras como pasión. Quién sabe qué me hubiera recomendado el morfopsicólogo, no quiero ni saberlo.

 

Ocultar la luz del sol

Ayer escuché a Sardá en un programa de televisión la siguiente frase: "Si los gilipollas volasen no se vería la luz del sol" o algo así. Inicialmente, la frase me provocó una cierta hilaridad, pero pronto mi mente me planteó una serie de cuestiones que ahora les cuento.

¿Quién tiene derecho a decir quién es gilipollas y quién no?

¿Está seguro el presentador de no pertenecer a ese club?

Recuerdo a ciertas personas que poseen un elevado concepto de sí mismas realizar comentarios similares a la frase de Sardá, pero en un tono más pedante. Sostenía la pareja que eran los únicos que escribían realmente bien en castellano, que los demás deformaban el lenguaje y poco menos no tenían ni derecho a existir. Escribir mal era el peor crimen que se podía cometer, y ellos estaban a salvo de pecar puesto que eran seres supercultos. Añado que estos personajes también pertenecían a la categoría de los que sostienen que hay que leer el Ulises de Joyce en versión original. Por supuesto, ellos lo habían hecho, pues su nivel de inglés era buenísimo -y de otros muchos idiomas también, claro-.

Así que antes de decir frases lapidarias de ese tipo me lo pensaré bien, no sea que pertenezca a ese grupo de personas que vuelan alrededor del sol sin saber que ocultan su luz a los cuatro seres inteligentes del planeta.

 

Ir de compras

 

No sé qué extraño atavismo nos empuja a algunos a recorrer tiendas. Supongo que es algo digno de estudio por los psicólogos. No me refiero a las compras compulsivas. En mi caso, en la mayor parte de las ocasiones no compro nada. Recorrer mis tiendas favoritas es el único deporte que practico con regularidad y les prometo que llego exhausta a casa ¡Y sin gastar ni un euro!

Tal vez esta adicción a ir de compras sea una reminiscencia de la época en que éramos recolectores y buscábamos bayas, semillas, raíces para alimentar a la familia. No podemos evitarlo, nuestro instinto, controlado por los egoístas genes, nos induce a la recolección. Quizás nos movemos por los grandes almacenes y franquicias como nuestros antepasados recorrían el campo en busca de fruta madura o un tubérculo rollizo. En su lugar, nosotros buscamos gangas, prendas de fondo de armario, bolsos imposibles de combinar con dicho fondo y zapatos que no hay quien se ponga, pero terriblemente maravillosos. Si no encontramos nada dignos de llevarnos a casa nos volvemos con las manos vacías, la tarjeta intacta, y nos consolamos e ilusionamos ante la perspectiva de una nueva sesión de compras, que esta vez sí que será fructífera.