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CUENTOS

Campanadas

El otro día vi un programa de La2 en el que doce personajes conocidos narraban una anécdota increíble o surrealista que les hubiese ocurrido. Una de ellas la transcribo aquí, porque a mí me sucedió algo similar y al final terminaré creyendo que los ángeles de la guarda existen. El actor José Maria Pou contaba que hacía quince años viajó a París para ver una obra de teatro. Era verano, en Barcelona hacía mucho calor así que no llevaba ropa de abrigo. Cuando aterrizó en París se encontró con un frío terrible, era domingo, no podía comprarse ropa, así que se encaminó hacia una turística en la que vendían camisetas por ver si encontraba algo con lo que cubrirse. Al pasar por la plaza Vendome, observó en el suelo un bulto junto a una joyería. Miró alrededor por si alguien había perdido lo que parecía una prenda. La recogió del suelo y resultó ser una expléndida chaqueta de cuero forrada de piel. Justo lo que necesitaba. Espero por ver si aparecía el dueño, y como no lo hizo se la probó y vio que le sentaba como un guante y se encontraba en perfecto estado. Así que dio gracias a su angel de la guarda, en el que hasta entonces no creía, y tan contento se dispuso a disfrutar de París. Cuando se marchó, al día siguiente, le entregó la chaqueta al recepcionista del hotel diciéndole que se la regalaba y que no hiciera preguntas. No se sentía con derecho a quedársela.

Mi "campanada" fue la siguiente: hace años cogí el autobús urbano en mi ciudad, Burgos. Por aquel entonces había unos papelitos que comprabas en las cajas de ahorro a modo de billetes y que salían más baratos. Pero ese día no los llevaba. Busqué monedas para pagar y no encontré ninguna. El autobús ya se había puesto en marcha y el conductor esperaba que le pagase. Le di un billete, no recuerdo si eran euros o pesetas, pero de los más pequeños, y me dijo que no aceptaban billetes y que tenía que bajarme en la próxima parada. Imaginen mi bochorno y mi cabreo, teniendo dinero me echaban del autobús, teniendo en cuenta que pasaba y sigue pasando cada veinte minutos -algo totalmente inaceptable en una capital que se precie de serlo-  la faena, por no decir putada, es considerable. Cuando ya estaba dispuesta a bajarme del autobús porque me resultaba imposible hacerle comprender al conductor que tenía dinero, y que seguramente el disponía de cambio para mi pequeño billete, una señora se levantó y me tendió uno de esos tickets de viaje. "Toma" me dijo. "Señora, tenga el dinero", le respondí ofreciéndole el billete, a lo que ella contestó. "No me des nada, simplemente dale un ticket a otra persona que lo necesite". Le di las gracias y proseguí el viaje sin más incidencias.

Al día siguiente estaba caminando por el centro de la ciudad, junto a la Casa del Cordón, cuando se me acercó una mujer y directamente me pidió un ticket para el autobús. Me quedé de piedra. Era como si el destino me pusiera a prueba para averiguar si era tan generosa como la señora del día anterior. Por mi parte, no suelo dar nada a quien me pide por la calle, no me fío de la gente, supongo que toda la vida en Madrid te hace temer de los desconocidos. Pero en esta ocasión no me lo pensé, le di el ticket a la mujer y me marché satisfecha y en paz con la divina providencia.

¿Os ha ocurrido alguna de estas "campanadas?

Por cierto, os deseo todo lo mejor para este año 2011. Que cada uno se encuentre con su ángel cuando lo  necesite.

No sé si me quedan muchos lectores en estos tiempos en los que las redes sociales hacen furor. Pero prometo escribir más a menudo. Un abrazo a todos.

Con preocupación, a la princesa del pueblo

Érase una vez una joven que tuvo que marcharse de la casa que compartía con su marido porque no era realmente su hogar. Sin pedir nada y con lo puesto volvió al humilde piso de sus padres, con su bebé y una pena muy grande, dejando el palacio en el que no había sido feliz y se había sentido como la Cenicienta.

Lejos de ocultarse y llorar sus cuitas en la soledad de su barrio, accedió a hacer pública su situación y la de su bebé, que no recibía las atenciones de su padre. La gente se identificó con ella, porque habían pasado por situaciones similares en carne propia o en la de sus hijos, amigos o hermanos. Y los gurús de la televsión y la prensa se encontraron ante un filón de proporciones desconocidas pero que era preciso explotar.

La joven se vio, de pronto, ascendida al trono de princesa del pueblo sin ser Lady Di, careciendo de estudios pero mostrando un gran corazón. Se desenvolvía bien ante las cámaras y le pagaban por desvelar sus cuitas y el abandono de su retoño. Como era buena persona todos se acababan encariñando con ella, le daban trabajo fijo, algunos incluso intentaban pulir sus aristas para que dejara atrás el pasado y fuera más feliz. Pero ya era tarde para la cenicienta del pueblo, que había entrado en una dinámica fácil y no supo evolucionar para encaminar su vida por otros derroteros.

Hoy, los que la siguen diariamente en el culebrón en el que se ha convertido su vida la quieren tal como es, otros la utilizan para incrementar sus índices de audiencia sin importarles las consecuencias, sin detenerse a pensar en que la princesa de barrio tiene sentimientos, no actúa, se expone cada tarde en carne viva. En la cadena rival, salvo alguna periodista con conciencia y nombre de piedra preciosa, los demás no tardan en hacer leña del árbol caído y se lanzan como fieras ante cualquier tropezón de la cenicienta. El otro día asistí, atónita, al despelleje colectivo a la que la sometieron, mucho peor que el que le infringieron sus hermanas de cuento -que al menos lo hicieron en privado-, recogiendo opiniones de la calle seguramente sesgadas, poniendo en boca de los que están callados palabras que nunca vieron la luz y todo por aumentar las audiencias y el consiguiente beneficio económico.

Aquí no se salva nadie, ni la cadena que acoge en su seno interesado a la princesa del pueblo ni la que la mofa de su situación actual. Todos, a su modo, la utilizan, no tengo muy claro quién lo hace de forma más vil: la descarada o la soterrada que se viste de compañerismo. Pero la situación me da miedo por ella, porque hay princesas que terminan formando parte de la lista de mitos cuando la vida las ha exprimido al máximo y terminan desapareciendo de un modo u otro de este mundo.

Me gustaría que la Cenicienta del pueblo se transformara en la Bella Durmiente, para que despertara de su letargo y fuera consciente de la situación, tomara las riendas de su vida y no se dejara influenciar por príncipes ni reinas malvadas. öjalá sea capaz de hacerlo, porque las cadenas de televisión tienen una jugosa y lucrativa presa entre sus fauces y no están dispuestas a aflojar las mandíbulas, y tirarán de ella como fieras en sentido opuesto hasta que su cuerpo aguante.

Nunca lo había pensado (II)

...Sólo era consciente de que tenía que callar para que nadie me denunciase. Sé que a ustedes les sorprenderá esto, como le sorprendió a la joven blanca que vino al poblado y me visitó. Cuando la intérprete le explicó porqué estaba allí se dejó caer en el suelo y comenzó a llorar, murmurando entre sollozos palabras que yo no entendía, pero supe que sufría por mí y eso me reconfortó de algún modo. A través de la intérprete averigüé que en su país hubieran metido en la cárcel al hombre, no a la mujer, que la mujer es la víctima. Me dijo que todo era culpa de mi religión llevada a un extremo inconcebible.

Yo esperaba la lapidación, como quien espera a cambio de dolor que su vida sea buena. Así me liberaría del hambre, de la enfermedad, de la  visión de mis hijos muertos. Ella esperaba salvarme contando esta historia a otras gentes, dijo que era periodista.

Me preguntó como me gustaría que fuera un gobierno y contesté que primero debería quitar a ese dios que odiaba a las mujeres y las culpaba de las faltas de los hombres; que nos dejara vivir con nuestros dioses de la naturaleza, los que adoraban nuestros padres, nuestros abuelos; que expulsara a esos otros hombres que nos robaron nuestra tierra y se llevan nuestra riqueza; que se preocupara de sanar nuestras enfermedades en lugar de comprar armas y de reclutar niños soldado. Todo ello para regresar a lo que fuimos antes, seres que vivíamos sin adelantos tecnológicos pero con el alma pura de los niños.

 

PD Sigue ocurriendo, aunque no salga en las noticias.No nos olvidemos de los pueblos y las gentes que sufren porque ya no llenan los telediarios.

Nunca lo había pensado (I)

Nunca lo había pensado, la verdad. Pensar, pensar, pensaba poco sobre esas cosas. Bastante tenía con trabajar de sol a sol para malvivir en esta choza que llamamos casa. El sufrimiento del hambre y el cansancio sólo te incita a buscar comida o a arrojarte al pozo seco que no tiene fondo para no penar más.

Yo no pensaba en gobiernos, ni en políticas, ni en esas cosas de las que hablan los hombres. Yo sólo me preocupaba de cuidar a mis hijos y de enterrarlos cuando la muerte me los arrebataba.

¿De qué hablamos las mujeres? De lo que nos dejan. De como preparar tortas de mijo o remedios, coser vestidos, de nuestros hombres. Pero para mí se acabaron las inocentes charlas desde el día que me encerraron en esta choza que es la cárcel del poblado.

Si les digo que soy inocente tal vez no me crean. No se fían de las palabras de las mujeres. Las mujeres tenemos malos espíritus que embrujan a los hombres. Pero bien que vienen a verter su semilla en nuestros cuerpos sin pedir permiso y luego nos empujan a un lado para que no les estorbemos en su camino.

Él apareció una noche. Me tapó la boca para que no gritase y amenazó con matar a mis hijos. Mi hombre murió de SIDA hace dos años y yo moriría también de los mismo, pero acabarán conmigo antes de que la enfermedad me devore. El hombre usó mi cuerpo para vaciarse de su propia violencia y se marchó antes de que el día me revelase su rostro. Sólo sé que apestaba a suciedad, que tuve que lavarme durante horas con el agua que pude acarrear después de caminar diez kilómetros.

(continuará)

Un día perfecto

 

Antes de entregarme a la frenética actividad del último cuatrimestre del año me regalo un día especial, diferente, en una enriquecedora soledad. Este deseo de encontrarme conmigo misma y no prestar atención más que a mis propios deseos nace de mi condición de mujer afortunada, que habitualmente tiene compañía, una compañía muy deseada.

Me levanté con el propósito de realizar un pequeño acto íntimo, necesario. Después continué con unas compras algo insólitas, para recorrer más tarde la ciudad como lo haría un turista, recreándome en su belleza y en el extraño vacío de los sábados por la mañana. Tomé un sandwich a la hora que lo tomaría un británico e inicié la lectura de una novela desde una cafetería que da a la Plaza Mayor. Ahora, ya en casa, escucho Papito, de mi adorado Miguel Bosé, e intento recopilar las sensaciones que esta mañana luminosa batida por el viento me ha provocado. Y soy feliz por estar de nuevo en la casilla de salida.

Más penumbra

Le resultó sorprendente levantarse una mañana, a sus cuarenta años, y tocar la piel de su rostro. La encontró extrañamente suave, por primera vez libre de grasa, pero jugosa, sin los familiares granos. En la penumbra del cuarto de baño imaginó sus arrugas, que ya empezaban a acompañarla en esta nueva etapa de la vida. Jamás se planteó que pudiera ocurrir tal milagro, y menos aún en la adolescencia, cuando el acné se convirtió en indeseable compañero. Días antes, alguien  le había preguntado si le gustaría volver a tener quince años. Ya entonces dijo no. No a la dependencia familiar, a la tiranía de los examenes de historia o filosofía, al sufrimiento del desamor. Pero no pasó por su imaginación decir no a las espinillas. Aún su piel mostraba una patina brillante que exudaban los poros dilatados en exceso, un barniz desagradable que combatía con jabón y mascarillas astringentes.

Esa mágica mañana, al constatar que su piel  era mejor que la de los quince años, decidió que era verdad lo que otras mujeres manifestaban: Vivir la madurez consiste en llevarse bien consigo misma, aceptar los pequeño misterios que nos rodean y valorar que un día, de repente, la piel amanezca limpia, como el alma.

Al pie de la escalera

A todas ellas y por que no sean más.

 

 Al pie de la escalera se quedó suspendido, como un hilo abandonado por una vieja araña. Aún en el aire percibía el leve perfume caro que la perseguía como una nube tenue rellena de flores cítricas. Tan sólo habían transcurrido treinta y dos segundos desde que el cuerpo de la joven escapara veloz escaleras arriba como si en vez de besarla la hubiese aterrorizado con una mirada cruel. Su silueta aún temblaba entre las sombras descolocadas del portal. El sonido de su voz, suave y penetrante, rebotaba entre las angostas paredes y él lo visualizaba como desordenadas notas musicales que se desvanecían en el aire. Pensó que, después de todo, había hecho lo correcto, que tenía que decirle que la amaba aunque aquello supusiera su pérdida definitiva. La había conocido en el trabajo. Ella siempre le trataba con cortesía, no como las otras que se burlaban de su torpeza Sin embargo, rechazó con una amabilidad desconocida sus invitaciones. Llegó a creer que la muchacha era aún más tímida que él y atribuyó al retraimiento las sucesivas negativas. Pero aquella tarde ella había perdido las llaves del coche. Llovía. Iba cargada de varios paquetes. Estaba cansada. Venció su timidez enfermiza y le pidió ayuda. Y él, feliz de brindársela, la llevó en su viejo coche de segunda mano. Cuando la ayudó a abrir el portal ella musitó un apenas audible "gracias" y él se abalanzó sobre su cuerpo para besarla provocando la caída de todos los paquetes. Su esperanza se fracturó como el cristal que contenían aquellas cajas y el consiguiente grito: "imbécil" le cortó la respiración. Ella echo a correr escaleras arriba dejando tras de sí los vidrios rotos y el rastro de su esencia. Y él se quedo al pie de la maldita escalera e imaginó su propio rostro, envuelto en un nuevo rechazo y pensó que no podría soportarlo. Abrió una de las cajas, cogió una de las botellas rotas que derramaba su rojo contenido sobre el mármol blanco del suelo y sacó la ganzúa del bolsillo derecho de su cazadora. Sabía cuál era su puerta.

Historia de un retrato (déjate llorar)

 

Homenaje al pintor Modesto Ciruelos

 Te lo dije pero no me hiciste caso. Y ahora te ves así, congelada para siempre en el vacío de tu mirada, en esa ausencia del tiempo en que te retrató el maestro. Tu pose es perfecta, tu atuendo impecable, pero tus ojos delatan que en tu corazón los objetos están desordenados. Resultó una alegría para muchos contemplar tu tristeza, porque así debería titularse el cuadro en lugar de "la mujer del conde". Tristeza que hacía más soportable la vida de los que no tienen derecho a casi nada. Pasaban por el salón a hurtadillas para contemplar el retrato de su señora, que lejos de aparecer radiante dominando la estancia, parecía concentrar en su rostro toda la pena del universo. Y así ellos se marchaban más alegres sabiendo que los señores también sufrían.
 Te lo dije, déjate llorar, no te guardes esa angustia como una muda nueva en el fondo del armario por si te pones mala. Ya estás enferma, ya es tiempo de que con las lágrimas se marche el pasado. Pero no me hiciste caso. Te educó una nanny británica y claro, eso marca el carácter. Nadie te vería jamás envuelta en el chal del llanto y eso que un buen atracón de lágrimas en soledad te hubieran sentado de maravilla. Con los ojos limpios podrías ver el día del color del sol y la congoja daría paso a la serenidad.
 Pero no me hiciste caso y ahí estás por los siglos de los siglos, colgada en la pared de un museo, con el corazón en carne viva, porque además de tus elegantes maneras el artista retrató a ese ser desvalido que escondías y que a él no pudiste ocultar.
Déjate llorar y luego disfruta recordando lo que se fue, lo que muchas mujeres jamás conocerán, la pasión del amor que todo lo deja patas arriba. Has sentido esa angustia gozosa tan sublime  que yo misma sólo he conocido en las novelas románticas. Y aunque él se ha ido y jamás sabrás si ama a otra o si simplemente respira, una vez lo tuviste. Déjate llorar y luego adora ese recuerdo como a un ángel que un día pasó por tu puerta, te rozó con sus alas y te dio una vuelta por el cielo.
Eso te dije, pero no me hiciste caso y te dejaste retratar.

 

 

 

 

Fotografía

El hombre parecía hundido en un mar ligeramente ondulante, cuyos reflejos eran producto de los rayos de un sol otoñal velado por las nubes. Los transeúntes caminaban sobre las aguas como dicen que caminó Jesús hace casi dos mil años. Pero el hombre de ropas raídas no conseguía emerger de la capa de petróleo oscuro que parecía cubrir el océano. Nadie se percataba de la soledad del hombre, de sus inútiles intentos de incorporarse, de sus lamentos que reclamaban la ayuda de los que parecían sordos o ciegos. El agua lo había atrapado con sus redes invisibles y sus pies se habían quedado anclados en alguna parcela de tierra desconocida.

Era un tullido, con amputaciones a la altura casi de los muslos, que se erguía dignamente sobre los adoquines barnizados de una lluvia reciente. El hombre navegaba en una instantánea de postguerra, rodeado por personas que tal vez tenían otros miembros segados por la contienda pero que aún caminaban en un día húmedo y oscuro, magistralmente retratado en blanco y negro.

Imagen aparecida en el dominical Semanal del 10 de septiembre de 2006.

Glenn Ford

Hoy ha muerto Glenn Ford a los 94 años. Le dediqué un cuento, que aparecerá en mi próximo libro: Glenn Ford en mi habitación. Su rostro permanecerá en mi memoria. Desde este espacio virtual le rindo un sincero homenaje. Hasta siempre, pues vive en las películas que nos regaló.

Como un velero

 


La estructura metálica que soporta la cubierta cruje como los mástiles de un velero antiguo. Si cierro los ojos puedo imaginar que en alta mar descansan mis huesos, flotando en un cascarón de madera. Las velas son en realidad los cristales, que oscilan con el viento del oeste. Mi corazón se dirige hacia el norte, desea cruzar las cumbres que se ocultan tras una luz neblinosa.

Llegan con el viento voces y músicas entrecortadas, como ráfagas de notas que al compás de las olas se acercan y luego desaparecen. La melodía sesgada por la brisa es caótica y errante, interrumpe el navegar discreto del armazón de acero. En el cielo ni una nube saluda a mis miradas. Este barco anclado firmemente al suelo vive su singladura ajeno al mundo circundante. El río regala destellos de plata entre los castaños de La Isla y la Catedral vigila el curso de la tarde desde su recién estrenada blancura.

Sé que el bosque donde anida la abubilla es otra isla que domina el ancho mar, hoy plagado de pequeñas naves. Recuerdo los primeros viajes y las olas verdes frente a los cristales, hipnóticas de luces: olas de pan futuro que reconfortaban. Tan sólo los animalitos de las profundidades surcaban las aguas libres y, al final del verano, unas inmensas máquinas liberaban de agua los campos. Todo era verde y fresco desde este barco que cruje.

Hoy he replegado algunas velas para no verme arrastrada por el viento de la tarde. Navego en un crucero de placer sin lujos, porque voy en zapatillas y tengo el pelo revuelto. La ropa tendida cuelga, a modo de banderines multicolores, y llega la música, como de verbena, solapada por los ladridos de perros esclavos. La campana triste de la iglesia anuncia que son las nueve de una tarde preñada de luces hermosas. Es la música del verano teñida por los gritos de los vencejos. Debe ser la paz perdida, la calma cimbreante, la muerte que embelesa.


Ana Mayoral

Publicado en Entelequia, especial La Música


El cursillo de Asunción Sasamón (fragmento)

  Asunción Sasamón realiza un trabajo para un curso de escritura creativa a distancia y elige como libro para comentar El diario de Bridget Jones. Estas son algunas de las opiniones del personaje que con sus cartas desquicia a los inocentes destinatarios (publicado en Los versos de Ibn Abdüm y otros relatos, Ana Mayoral 2005. Edición de la autora).

 

2. Resumen del libro

Yo creo que el libro se resume en una frase: "Mujer con baja autoestima". Así, sin más. Bridget sólo piensa en ser atractiva para gustar a los hombres, porque cree que no lo es y decide cambiar a toda costa su imagen y su carácter. Como no lo logra, eso le genera una mayor frustración y se atraca de porquerías y drogas legales para satisfacer su vacío interior. A su vez, el atiborramiento le provoca un malestar aún mayor, por lo que la situación se resume también en una frase: "La pescadilla que se muerde la cola".


3. Contexto socioeconómico y cultural

Bueno, creo que esto lo domino más. He leído muchos libros de autores ingleses actuales. Todos están cortados por el mismo patrón y sus personajes cumplen a rajatabla una serie de insanas costumbres y así les va. Salen a trabajar después de engullir un desayuno atascador de arterias: huevos con bacon ¡fritos con mantequilla! Sólo de pensarlo me dan náuseas. Con lo sanas que son las galletas maría. Y luego, en el almuerzo, un emparedado de huevo. Siempre me he preguntado si tendrá sólo huevo, si estará cocido o frito. (Yo prefiero un pincho de tortilla de "La cueva" los días de mercado. No hay nada igual). Luego, tras el trabajo, vuelven a casa y se sientan en el sillón a leer el periódico antes de la cena y toman un whisky, por lo menos. Esto es lo peor. ¿Cómo te puedes tomar un whisky con el estómago vacío a las cinco de la tarde? Es demencial. Yo no me lo tomo ni a las dos de la mañana en las fiestas de mi pueblo. Es una bebida asquerosa. Lo mejor es un pacharán o un orujito después de la comida. Pero no antes. La cena, otro atentado para el estómago: verduras cocidas y sin aceite ni vinagre, y el rosbif sangrante. Sólo me gustan sus postres, al menos suenan bien: puding de Yorkshire -¿es realmente un postre?-, tarta de frutas, plumcake, etc. Creo que si fuera a Inglaterra me alimentaría a base de postres, debe de ser lo único que merezca la pena.

Siguiendo con el análisis social, además de tener una alimentación que deja mucho que desear, las amistades no se quedan atrás. Los ingleses son terriblemente clasistas, cotillas, afectados e hipócritas -creo que me estoy pasando un pelín-. Tienen que ir a cenas a las que nadie quiere ir y soportar invitaciones a casas de campo. Ello conlleva cambiarse setenta veces de ropa: para desayunar, para pasear, para jugar al cricket, para la comida, para el té, para la cena, para el baile... e implica llevar cientos de maletas y una doncella, si es posible, para preparar el desfile de modelos. Por eso la madre de Bridget le compra una maleta con ruedas. La pobre se debía deslomar con su bolso de viaje verde.

En cuanto a la economía creo que Bridget es una tiraduros. Sólo en bombones, tabaco y whisky debe de gastar medio jornal. Con lo barata que me sale a mí la fuente de los tres chorros. Yo sí sé lo que es ahorrar para comprar libros; le daría unas clases a Bridget en economía doméstica. Sin embargo, envidio su trabajo: lo que daría por trabajar en una editorial, siempre rodeada de libros por todas partes y que me pagaran por leer... He enviado mi curriculum a varias editoriales, pero ni me contestan. Siempre añado la lista de los libros que he leído, para que vean que experiencia no me falta y si echan cuentas, verán que salgo a una medía de cuatro libros por semana. Pero nunca contestan. Es otra de las razones por las que me he decidido a hacer este cursillo, para tener un certificado de algo relacionado con los libros. Creo que me ayudará en mi empeño.


4. Comentario general (dos folios)

Lo único bueno del libro es que acaba bien, sorprendentemente bien. Casi no podía creerlo. Al final, la protagonista encuentra un príncipe azul en el interior de un sapo rico y presuntuoso, y parece ser la medicina para todos sus males. ¡Como si un hombre pudiera cambiar nuestra existencia! Podrá hacerla más agradable y menos solitaria en el mejor de los casos, pero nunca podrá cambiar nuestra forma de ser, y, si una es neurótica, por mucho hombre forrado y macizo que tengamos a nuestro lado, neurótica será. Una vez tuve novio. Aún así, me siguieron saliendo granos, seguía acomplejada por mí 1,55 de estatura y por estar más lisa que la tabla del lavadero. Además seguía leyendo libros sin descanso, y él sencillamente se cansó de compartirme con las letras. Seguí siendo yo misma, con y sin él. Ahí está la clave.

Las historias paralelas que aparecen en el libro también son de traca. Una madre ninfómana, un gigoló estafador, un jefe salido, una medio jefa gruñona y unos amigos con problemas varios, todos igualmente desequilibrados. Personalmente, prefiero las novelas inglesas campestres. La señora que, a pesar de tener jardinero, doncella y cocinera, corta personal y plácidamente las rosas de su jardín. Adoro las descripciones de los jardines y huertos, de flores desconocidas y aromas maravillosos, las piernas de cordero al horno y la tarta de moras. Yo también tengo un pequeño jardín y siempre saco algo de tiempo para tenerlo bonito y colorido. Es la envidia de mis vecinas. Encargo las semillas, bulbos y plantas de temporada por catálogo. El clima no acompaña mucho, pero se hace lo que se puede. Voy a construirme un invernadero para las flores. Se lo dije al Tomás, que entiende de esas cosas, pero pretendía ponerme un túnel de plástico y llenármelo de pimientos. Dice que hacer un invernadero para cuatro tiestos es tirar el dinero. No entiende que puede ser un sitio maravilloso para tener un sillón de mimbre y leer, rodeada del perfume de las flores.

Una de las cosas que me sorprendió del libro fue el cambio de trabajo de Bridget. No creí que se atreviera a hacerlo, y menos aún que al final le fuera bien. Su nuevo jefe parecía un tarado. Espero que tenga éxito con sus extrañas entrevistas. Es curioso, hablo de ella como si estuviera viva: al final me encariñé con sus neuras, sus amigos y su disparatada familia. Espero que la autora publique una segunda parte para conocer sus andanzas -sigo pensando que es una novela autobiográfica-.

CHELIQUE

Una persona puede llegar a influir en todos los minutos de la vida de otra, y lo paradójico del asunto es que lo ignore. Hace poco me contaron lo de Chelique.

-¿No te acuerdas de Chelique?

-Que sí, que era el nieto del señor Mariano.

Mi mente era un pozo. Yo tiraba un cubo atado a una cuerda larguísima, casi infinita, por el agujero oscuro y fresco. Pero el cubo no llegó a ninguna parte, no se escuchó el ruido familiar que producía al chocar contra la superficie del agua, ni siquiera se golpeó contra el fondo. Saqué el cubo vacío de recuerdos y ante el asombro de mis amigos dije:

-No me suena de nada.

-¡Pero si tú le pusiste el nombre!

-¿Chelique?

-Sí, eras tan pequeña que no podías pronunciar Enrique.

Supongo que el bautizado como Enrique me odiará por haberme inventado semejante nombre, nombre que suena a boliche, bolchevique o bariloche. Me imaginará carente de virtudes, rebosante de estupidez, y para él siempre seré la niña boba que le cambió el nombre.

Desde aquí te pido perdón. No sabía lo que hacía o tal vez mascaba chicle, Chelique, y la lengua y la mente se mezclaron al ritmo de los dientes y tu nombre se quedó enredado en la goma de mascar. El subconsciente hizo el resto. De Enrique mutaste a Chelique a través de un chicle rosa de cincuenta céntimos de peseta. Una monedilla liviana, plateada, que tenía una espiga en su efigie. Así que la fresa, en cierto modo, también es culpable de tu nombre, y por añadidura quien me diera los puñeteros cincuenta céntimos. Ahora, después de este razonamiento absurdo me siento menos culpable del desastre que puede ser tu vida. Supongo que nadie te tomará en serio con ese nombre. Salvo que seas un jugador de fútbol, entonces sí.